Energía. Aunque el 78% de la electricidad utilizada por la minería del cobre proviene de fuentes renovables, el diésel representa el 92% de los combustibles consumidos por la industria. A esto se suma un desafío estructural: entre 2010 y 2024 la producción de cobre aumentó apenas 1,6%, mientras el consumo energético creció 53,9%.
La transición energética de la minería chilena avanza a dos velocidades. Mientras la industria ha incorporado masivamente fuentes renovables a su suministro eléctrico, una parte relevante de sus operaciones continúa dependiendo de combustibles, principalmente diésel.
Pero detrás de esa diferencia aparece un desafío todavía mayor: producir cobre en Chile requiere cada vez más energía.
De acuerdo con el informe Consumo de Energía en la Minería del Cobre. Actualización 2024, elaborado por la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco), prácticamente la mitad de la energía utilizada por la industria provino de electricidad y la otra mitad de combustibles durante ese año.
La electricidad representó el 51,3% del consumo total, mientras los combustibles explicaron el 48,7%.
El estudio se construyó a partir de la Encuesta Minera de Producción, Agua y Energía (EMPAE), que en su edición 2025 consideró 49 operaciones, entre faenas de la gran y mediana minería, fundiciones y refinerías. En conjunto, representaron el 98% de la producción nacional de cobre fino de 2024.
La diferencia aparece cuando se observa qué ocurre dentro de cada una de esas dos mitades.
Electricidad renovable versus dependencia del diésel
En el suministro eléctrico, la transformación ha sido significativa.
Según Cochilco, durante 2024 el 78% de la electricidad utilizada por la minería del cobre provino de fuentes renovables, cuatro puntos porcentuales más que el 74% registrado un año antes. En la gran minería privada esa participación alcanzó el 96%.
El escenario es muy distinto cuando se analizan los combustibles.
El mismo estudio muestra que el diésel representó el 92% de los combustibles consumidos por la minería del cobre durante 2024. Su participación, lejos de disminuir, ha aumentado: en 2015 alcanzaba el 86,5%.
La explicación está estrechamente relacionada con las características de las operaciones mineras y, particularmente, con el movimiento de grandes cantidades de material.
El rajo abierto concentra el desafío
Los datos de Cochilco muestran que la mina a rajo abierto fue el proceso que más energía demandó durante 2024, concentrando cerca del 42% de todo el consumo energético de la minería del cobre. Le siguieron las plantas concentradoras, con aproximadamente el 29%.
Sin embargo, ambos procesos consumen energía de manera muy diferente.
Las plantas concentradoras dependen casi completamente de la electricidad. En el rajo abierto ocurre prácticamente lo contrario: cerca del 95% de la energía utilizada proviene de combustibles.
El resultado es que las operaciones a rajo abierto concentran el 81,3% de todos los combustibles utilizados por la minería chilena del cobre.
Y esa participación ha aumentado. En 2010 representaba el 69,9%.
Cochilco vincula este incremento, entre otros factores, con cambios estructurales en la explotación a rajo abierto: minas más profundas, mayores distancias de transporte y un aumento en el uso de equipos de mayor capacidad.
Por eso, cambiar el origen de la electricidad es solo una parte de la descarbonización de una operación minera.
Más energía para producir prácticamente el mismo cobre
Existe otro dato que permite dimensionar mejor el desafío.
De acuerdo con las series presentadas por Cochilco, entre 2010 y 2024 la producción nacional de cobre mina aumentó apenas 1,6%, hasta situarse en torno a 5,5 millones de toneladas.
Durante esos mismos catorce años, el consumo total de energía de la minería del cobre creció 53,9%.
La diferencia entre ambas trayectorias es considerable.
Un cálculo de Ruta2050 a partir de ambas series muestra que la cantidad de energía utilizada por unidad de cobre producido aumentó aproximadamente 51% entre 2010 y 2024.
Esto no significa necesariamente que las faenas se hayan vuelto tecnológicamente menos eficientes. Una parte importante de la explicación está en las condiciones cada vez más exigentes en las que debe extraerse y procesarse el mineral.
La electricidad renovable ya domina el suministro eléctrico de la minería del cobre, pero casi la mitad de la energía utilizada por la industria todavía proviene de combustibles. Los datos muestran además un desafío estructural: producir cobre requiere cada vez más energía.
Menores leyes, más material que mover
Uno de esos factores es la disminución de las leyes minerales.
Según Cochilco, la ley promedio del mineral procesado en Chile pasó de 0,75% de cobre en 2010 a 0,62% en 2024, una disminución aproximada de 17,6%.
En términos simples, cuando disminuye la concentración de cobre presente en la roca es necesario extraer, transportar y procesar una mayor cantidad de material para obtener una cantidad equivalente de metal.
Y mover y procesar más material requiere más energía.
A esto se suman la profundización de los yacimientos, las mayores distancias de transporte y los cambios que está experimentando la propia estructura productiva de la minería chilena.
Las plantas concentradoras son un buen ejemplo.
El informe de Cochilco muestra que entre 2010 y 2024 su consumo energético aumentó 89,4%, mientras la producción de concentrados creció 28,6%.
En paralelo, el consumo energético asociado a la lixiviación disminuyó 32%, siguiendo la reducción de la producción de cátodos mediante esa ruta.
El progresivo agotamiento de minerales oxidados y la creciente importancia de los sulfuros están modificando también dónde y cómo consume energía la minería chilena.
El agua de mar agrega otra demanda
Existe además otro componente que está ganando importancia dentro del consumo eléctrico minero: el agua de mar.
Los datos de Cochilco muestran que la desalación y, principalmente, el bombeo de agua desde la costa hacia las operaciones mineras ya representan alrededor del 11% de toda la electricidad utilizada por la minería del cobre.
La relación entre agua y energía es especialmente relevante para las operaciones del norte de Chile.
Utilizar agua de mar permite reducir la dependencia de fuentes continentales, pero introduce otra exigencia: transportar grandes volúmenes desde la costa hasta faenas ubicadas a decenas o cientos de kilómetros y, en muchos casos, a varios miles de metros sobre el nivel del mar.
Resolver una restricción hídrica implica, por lo tanto, incorporar una nueva demanda eléctrica.
Y esa presión continuará aumentando.
En su informe Proyección del Consumo de Energía Eléctrica en la Minería del Cobre 2025-2034, Cochilco estima que el consumo eléctrico del sector aumentará 20,2% durante la próxima década, desde 27,6 TWh en 2025 hasta 33,2 TWh en 2034.
La producción de cobre, en cambio, crecería 8,3% durante el mismo período.
Nuevamente, la demanda de electricidad crecería considerablemente más rápido que la producción.
Cochilco atribuye buena parte de ese incremento futuro al proceso de concentración y al creciente consumo eléctrico asociado al uso de agua de mar.
La siguiente frontera está dentro de la mina
La minería chilena ha avanzado considerablemente en transformar el origen de la electricidad que consume. Que el 78% del suministro eléctrico provenga de fuentes renovables muestra la magnitud de ese cambio.
Pero las cifras de Cochilco también muestran los límites de esa transformación.
Casi la mitad de la energía utilizada por la industria todavía proviene de combustibles y el diésel domina ampliamente ese consumo. El principal desafío está concentrado precisamente donde reemplazar esos combustibles resulta técnicamente más complejo: la extracción y el transporte de material en las minas a rajo abierto.
Al mismo tiempo, la industria deberá enfrentar una presión estructural difícil de revertir: menores leyes minerales, mayores distancias de transporte, creciente importancia de las plantas concentradoras y mayores requerimientos eléctricos asociados al uso de agua de mar.
Los últimos catorce años resumen la magnitud del desafío: Chile produjo en 2024 apenas 1,6% más cobre que en 2010, pero necesitó 53,9% más energía para hacerlo.
La próxima etapa de la transición energética minera, por lo tanto, no dependerá únicamente de incorporar más electricidad renovable. El desafío será también reducir la dependencia del diésel y contener el crecimiento de la energía necesaria para producir cada tonelada de cobre.






